viernes, 6 de octubre de 2006

cebollas

en carreras inevitables el tiempo acumula en la conciencia todos los nudos sin llorar, que no son tanto nudos, como epitelios de cebolla, como telas fantasmáticas que de nuestra corporeidad se van despegando, furtivamente como los anillos de los troncos maderables cuando crecen, epitelios afectivos que uno a uno, lentamente nos van haciendo cuerpo compacto de suspiros fugitivamente postergados... duros a pesar de la tragedia, sutiles a pesar de lo importantes, no sé qué será mañana en medio de tanta sangre derramada, porque sangre le llamo a los impulsos del corazón... carne de suspiros, terreno evadido, promesas de retorno es la vida cotidiana, las medias tintas, los pretextos de horarios, las miradas sin corresponder, las sonrisas guardadas indefinidamente a inmediaciones del atardecer, cada vez se cumple la vida entera en las entrañas, en el segmento eterno de nuestras entrañas mal vividas con ferocidad vulnerable, deudora...

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y cada capa es un engrosamiento engañoso de fuerzas mal utilizadas, de golpes sin utilizar, de miedos cuajados en las vivencias, que constituyen manchas de incertidumbre como si fuera el cobijo necesario para conservarnos intactos, para no avanzar, esa milenaria costumbre de creer en la trascendencia autónoma, de gracia, de miseria/cordia, pasiva, derivativa de la imaginación. como si estuviéramos obligados a ser puntuales con el plan, cumplidos en el horizonte: El hoy mañana no será, tan simple como eso, y tan indispensable el olvidarlo, el creer en los regresos, y sí, sin darnos cuenta regresamos a la escena, porque hemos sido los autores del crimen, y tememos que las huellas dejadas nos delaten, que hablen de nosotros los ecos que flotan con el polvo, no queremos restos inevitables, al regresar en cierta forma buscamos acallar lo fundamental de nuestra vida: Las renuncias, el desapego, la declaratoria silente que nada nos es indispensable para vivir con tal que contribuya a dejar atrás el cansancio, los presentimientos de muerte, los múltiples rostros del fracaso que nos reserva la aventura sin ataduras nefastas, pesa estar de pie...

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