lunes, 7 de agosto de 2006

asterión

dije que no retrocedería, hasta hoy lo cumplí soberanamente, confieso que detesto estar sobrio y enterrado, la muerte tiene cara de náusea, de pelos en las partes más bellas, deliciosamente ensangrentadas, pruebas y denuedos de la culpabilidad, de la extinta indolencia a las derrotas: sobreviene el despliegue de fuerzas

camino siempre pensando en que tengo alguna noble proveniencia, y como el poeta, yo también provengo de la cloaca adyacente al vértigo del concreto, subyazgo en el fondo suntuoso del asfalto y su larga posibilidad, y su maloliente promesa, mi tierna desazón es invicta en sus decepciones, nadie más grande a mi, en el peor de mis días, nadie más noble que yo pasado mañana, nadie retrae nauseabundamente en alas de nostalgia, furor e insolencia, la erosionada altivez de las renuncias. sólo por no saber decir las cosas con el nombre transfigurado en la conciencia, palidecido

veré si con mi pulso desarmo un edificio, o si al estornudar una gota de mi erección vuela a horcajadas las lúcidas esquinas de la urbe delirante, y todos vuelen hechos pedazos pensando en un orgasmo, a carcajadas y balazos, y ultrajes alienados olvidando lo guerrilla terrorista que cada quien podría ser si leyera desapasionadamente-pensando-en-el-otro los periódicos pseudoindependientes... dije, pues, que no retrocedería, pero fallé. la guerra la llevo en mi mochila de estudiante

fui inevitable hasta la coronilla

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