domingo, 13 de diciembre de 2009

¡Qué pena es no tener mucho que recordar de ti!
Mi inconsciente, además, se empeña en refundirte profundamente.

Recuerdo apenas tus grandes ojos pensativos que me absorbían.
Tu bello nombre soberbio como tu porte
y tu sonrisa como estudiándome y alegrándose de reconocerme.
Aunque no sé si era así.

Porque casi todo el resto lo inventé yo:
canciones, poemas, nubes oscuras
y septiembres de caídas
de vidrio hecho pedazos.

Recuerdo las tardes que con su gris me oprimían,
entonces, corría apresurado con la respiración estertórea,
a caminar las calles esperando coincidir contigo
y era tristemente patética esa ilusión.

Sentí tantas veces fácil tu amor
palpable como mi almohada.
Creía suficiente susurrar tu nombre
(desbocado el corazón
ante el delirio)
para que me abrazaras.

Todo ficción, tormentoso engaño.
Urdí recuerdos para vestir dignamente
tu presencia distante
o
más aún,
siendo un poco más sincero,
para disfrazar dignamente
tu indiferencia hacia mi,
todo lo que ahora se difumina, poco a poco,
con el pasar del tiempo siempre plomo.

Etiquetas:

0 comentarios:

Publicar un comentario

Suscribirse a Enviar comentarios [Atom]

<< Inicio