sábado, 12 de diciembre de 2009

En la celeste noche lo bello no es la luna iluminándonos,
sino escondernos juntos, bajo la red tupida de hojas
de algún árbol oportuno que hacemos nuestro cómplice
o bajo algún techo saledizo, a platicar
y tratar de adivinarnos.

En las tardes de lluvia lo hermoso no es
darnos cuenta que nuestros pensamientos anímicos
se acurrucan como pichones mojados en su nido,
sino en abrazarnos, Tú y yo, fuertemente
imaginándonos, ígneos, una sola llama.

En la oscuridad, dulce amiga, sólo me basta tu voz
para quererte,
y el sudor de tu mano dócil apretada
con la mía para confirmarte.
Vencedora de mis miedos, campana de anhelos,
lo hermoso está en tu sola presencia
sin pretextos, siempre disponible,
como el humilde aroma de la tierra mojada
o la bandada de aves huyendo al crepúsculo, incendiéndose.
Entonces, a ti cae mi alma cansada y transida,
palabra melancólica o inocente alegría,
siempre a escondidas,
concediéndose un momento reposar sobre ti
con su incertidumbre
y su raro afán de potencialidades adversas
para sentir tu tibio amor, Amor... sobre tu vientre.

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